Fotocopias
Escrito por Bananas&Stones
Martina se quedó mirando la fotocopiadora. Sus pensamientos la llevaban lejos del vaivén de las ráfagas de luz y de los ruidos repetitivos que emanaba el viejo trasto. Se debatía entre la tristeza y la melancolía, entre el recuerdo del reproche y de la humillación. ¡Tin, tin, tin! Las campanillas de la máquina la devolvieron a su realidad.
—¡Martina! ¿Dónde has dejado la factura de Miralles? ¿Aún no has acabado el informe de ventas? ¿Trajiste el material de oficina que te pedí? Seguro que se te ha olvidado, que para eso eres nuestra «Dori»— dijo con sorna Amparo, su compañera de trabajo, mientras las risas se entreoían por la oficina.
La vergüenza cruzó su semblante, agachó la cabeza y clavó sus ojos en las baldosas desconchadas. Sentía el miedo expandiéndose desde la boca del estómago. «¡Otra vez, no!», pensó. «Por favor, no me puede estar pasando otra vez». Sin mediar palabra, se dirigió hacia su mesa de trabajo y empezó a buscar excusas para poder escaparse y comprar el material que su compañera, amiguísima del jefe, le había encargado a través de un mensaje ayer a las once y media pasadas. A cada minuto, su cuerpo se tensaba un poco más. A cada segundo, su cerebro se iba bloqueando. De repente, reapareció el desagradable recuerdo que estaba reprimiendo. El tercer día de trabajo, Amparo, junto con los compañeros y las compañeras, la rebautizaron con el apodo de «Dori», el pececillo azul con pérdidas de memoria a corto plazo que aparece en la película de Buscando a Nemo.
—¡MARTINA!— Aquel grito la hizo aterrizar de inmediato en aquel frio edificio de oficinas. Era Miguel, nieto del fundador de la empresa y su jefe directo—. ¿Por qué no quedan folios en la fotocopiadora? ¿No te dijo Amparo el lunes pasado que fueras a comprar? Y estamos a viernes, ¡a viernes!— repitió—. Has tenido una semana para ir.— dijo mientras se rascaba su desaliñada barba de tres días.
—Disculpa, bajaré enseguida— titubeó intentando retener las lágrimas. Agarró su abrigo y el bolso y desapareció por la puerta. Casi sin aliento llegó a la papelería, sacó su móvil y miró la lista que le había mandado. Reunió todas las cosas y se dirigió a la caja. Estaba tan nerviosa que se le cayeron todas las monedas.
—No te preocupes— dijo Silvia, la dependienta. —Pero si estás temblando y, ¡llorando! Se te ha corrido la máscara de pestañas. Espera, siempre llevo toallitas para emergencias— dijo mientras rebuscaba en su bolso. Sacó una y se la ofreció amablemente. Entre sollozos y moqueos, Martina se la llevó al rostro e intentó arreglar el estropicio.
—Quién me iba a decir, que aquella personita tan entusiasmada que conocí hace siete meses, se iba a convertir en el rostro de la desolación ¡Ay Martina! ¡Qué lástima me das! Deja ya ese trabajo que te está amargando la vida y mándalo todo al carajo. Sobre todo a la Amparo esa, que menuda pécora está hecha—. Un tímido «gracias» salió de su boca. Pagó con su propio dinero, agarró las bolsas y se encaminó hacia la oficina.
Cuando llegó, Amparo la esperaba con una maliciosa sonrisa. Depositó las bolsas en su mesa, se quitó el abrigo, dejó el bolso y se dispuso a rellenar de folios el cajón del aparato. Volvió a la mesa y, mientras tecleaba, reflexionó sobre lo poco que servían los ansiolíticos y antidepresivos prescritos por la psiquiatra de la Seguridad Social. La empezó a necesitar a las dos semanas de empezar en este trabajo, y la veía en sesiones de diez minutos, una vez al mes.
Por fin acabó el informe y, como todo lo que hacía, debía pasar primero por las manos de Amparo, se lo envió para su aprobación.
Trece minutos más tarde: —Pero, ¿qué es esto?— gruñó esta. Se levantó con energía de la silla que calló de golpe. Con paso firme, avanzó hasta el despacho de Miguel. Tres golpes secos y se abrió la puerta. Susurros. Miradas. Ambos se dirigieron hacia Martina, que estaba recogiendo un montón de impresos.
—¿A ti que te pasa? Siempre metiendo la pata, siempre olvidándote de todo. Sólo falta que te pintes la cara de azul — El desagradable tono de voz de Miguel invadió toda la estancia—. ¿Por qué has adjuntado el informe de facturación en vez del informe de ventas? Menos mal que está Amparo para solucionar tus cagadas, «Dori».
Toda la oficina miraba, toda la oficina reía y se produjo un chasquido en su interior. No pensó. Sólo corrió. Y con los folios acunados entre sus brazos, de un salto se lanzó por la ventana abierta una mañana de marzo, dejando tras de sí un reguero de fotocopias.
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